La Junta de Herrera se despide casi con una serie de medidas para tratar de que los modernos escolares dejen de tomar a los profesores por el pito del sereno.
O sea, maticemos, hablo solo de los malos escolares. Y hablo solo de los profesores que se dejen tomar por el pito de un sereno. Aunque esto último me da que admite pocas excepciones, por la sencilla razón de que está más que prohibido contrariar a los señores niños, no vaya ser que sus pequeñas excelencias se traumaticen, aunque sólo sea un poquito. El caso, vamos, es que el último Consejo de Gobierno de la Junta ha aprobado una serie de medidas para intentar reforzar la autoridad del profesor y eso que tan mal nos suena, por más que se revele necesario, que son las medidas disciplinarias.
Como resultado leo que a sus excelencias los escolares, les reconoce la Junta no menos de cinco deberes: el de estudiar, el de respetar a los demás, el de participar en las actividades del cole, el de contribuir a mejorar la convivencia del centro y uno que se llama “ciudadanía”. Naturalmente, si hay cinco deberes, ha de haber cinco derechos por lo menos. Y son estos: a la formación integral, a ser respetado, a ser evaluado objetivamente, a participar en la vida del centro y a protección social. Como es natural (¿es natural?), apenas sé qué significan ni los deberes ni los derechos que se reconocen a sus eminencias nuestros hijos. Supongo que todo estará bien y algo mejorará la batalla cotidiana que se libra en muchos centros, a favor siempre de sus excelencias.
Pero no puedo dejar de pensar que nada se solucionará en sentido estricto hasta que no apeemos en el interior de los hogares el alto tratamiento a los señores niños. Respetar a un niño no es tratarlo como a un rey que no responde de sus actos ante nadie. Se le respeta cuando se le trata como lo que es, un niño, alguien en proceso de formación, un proyecto de ser humano, una promesa de futuro. Mientras el enfoque social siga siendo erróneo, mientras se obligue en las escuelas a tratar a cada infante como el pequeño emperador -o tirano- que acostumbra a ser en casa, no habrá autoridad que valga ni ciudadanía mínimamente digna de tal nombre.
Aún así, veo bien que el gobernante intente echar una mano a las modernas víctimas de los colegios, que ya no
son los indefensos niños como antaño. O al menos, no sólo y no todos niños. Ahora, en vez de tener miedo al maestro Regla y al profe Bofetadas, al que temes como un nublado es al excelentísimo señor niño consentido, que tanta pena solidaria, oye, suscita…
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