No estoy seguro de que interese a alguien solucionar el problema de la vivienda. Entendámonos, hablo de alguien con un mínimo de poder y un algo de dinero. A quien interesa, eso sí, es a la gran mayoría de españolitos de a pie. Lo que pasa es que esos, o sea, usted y yo, ya se sabe que no decidimos ni nuestros vicios: de eso se encarga la publicidad. Pero si hablamos de gente importante, que la vivienda sea barata no le interesa a quien la promueve y construye. Tampoco al banco que se colocan en medio y, vía crédito, se queda con buena parte del enorme pastel. Que circule menos dinero en el sector tampoco interesa a quienes fabrican y venden las ventanas, las puertas, el parqué… Más un larguísimo etcétera. Las inmobiliarias, que viven del porcentaje de sus compraventas, ganan más cuanto más cuesten los pisos. Tampoco a muchos políticos les interesa que bajen los precios de la vivienda y por tanto los beneficios de las empresas y por tanto las “donaciones anónimas” a sus partidos. Ni interesa a las Administraciones públicas, ayuntamientos en particular, que viven de los impuestos generados por los pisos, además de lo que les deja el impresionante negocio derivado de las recalificaciones de suelo.
Por todo eso, queridos míos, cada vez que se nota un temblor económico, por pequeño que sea, o el sector de la construcción de viviendas lanza señales de posible freno en su incesante escalada, en vez de alegría general, fuegos artificiales y vivas por doquier, lo que vemos es a la gente importante poniéndose pálida, tartamudeando y asegurando que un parón del sector sería malo, muy malo, para todo el país. ¡Hasta los de los sindicatos, oiga, claman para que no se permita el más mínimo freno de actividad en el desmesurado, especulativo y desquiciado sector constructor! No dudan en anunciar, apocalípticos, esos supuestos representantes de los más esclavizados por las hipotecas vitalicias de que se disparará el paro ante tal eventualidad. Pásmate. La cosa, en fin, es que no hay nadie con influencia a quien de verdad interese meter en vereda a un sector que ha conseguido que en algunas ciudades de este país una vivienda sea más cara que en Alemania, donde en promedio duplican o triplican los sueldos de este país. Abandonemos, pues, toda esperanza. Lo más que veremos, si hay un Gobierno con algo de sensibilidad, serán medidas como el flamante y pacato plan Chacón: toma unos euros y no seas protestón.
Vaya mundo.
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Vivienda
A callar
Nada cambia. El mecanismo siempre es el mismo. Alguien dice en voz alta:
-Esto pasa y pido que se investigue.
De inmediato, quienes se dan por aludidos, saltan con arreglo al férreo guión:
-Pues al Juzgado con la pruebas. Y si no tienes pruebas, a callar.
He escrito muchas veces sobre tan sorprendente exigencia. No se puede, al parecer, formular denuncia alguna sin pruebas. Como si fuese tarea del ciudadano común y corriente, de usted o mía, investigar y acumularlas. ¿Para qué entonces querríamos a los carísimos jueces y fiscales, a la policía y a cuantos pagamos para que velen por el cumplimiento de la legalidad? Si las pruebas fuesen condición previa e imprescindible en toda denuncia, apenas habría denuncias (de hecho, en algunos asuntos apenas las hay) ni los propio jueces podrían iniciar casi ninguna instrucción. Las pruebas se supone que vienen tras la denuncia, cuando quienes son competentes y saben hacerlo se ponen a investigar. Pero en los últimos tiempos, en el ámbito político en particular, ya ven. Ante de nada, te piden las pruebas. O te exigen que cierres el pico.
Ahora bien, resulta que incluso si llegaras a tener pruebas de algo o cuando menos indicios suficientes como para que el sistema judicial tomase en consideración tu denuncia, tampoco entonces podrás hablar demasiado.
-Hasta que no haya sentencia, la presunción de inocencia es sagrada. Ni se le ocurra meterse con esos que ha denunciado.
Así que, so pena de ser tu el condenado, habrás de seguir callado mientras la maquinaria judicial, célebre por su agilidad, instruye la causa, lleva a juicio y dicta sentencia.
Pero es que incluso si esto último llegara a ocurrir, si muchos años después de una denuncia hubiera sentencia de culpabilidad contra alguien, llega la tercera fase en la que hay que seguir, mucho ojo, con el pico cerrado.
-Todas las sentencias son provisionales mientras quepa recurso.
Y como recursos hay para dar y tomar, hasta llegar al Constitucional y si hace falta a Estrasburgo o a La Haya, sigue rigiendo la presunción de inocencia y no cabe acusar de nada a nadie. Así funciona la cosa. Y por eso nunca se pude decir nada, ni señalar a nadie, ni plantear apenas ninguna denuncia. Y por eso no hay un solo corrupto en la cárcel pese al tufo que apesta por todo el país.
Pero, bueno, ya saben: más vale que haya un millón de mangantes en la calle que uno solo inocente en prisión o puesto en la picota. ¿No es ese el principio que rige nuestra legalidad, particularmente en urbanismo y sobre todo si afecta a políticos y allegados? Pues amén. Y a callar
Qué potra
Pues dice el señor Roca, ese presidiario preventivo de Marbella que antes fue asesor de la Marbella de Gilito y seguidores, que él no ha robado un céntimo, hombre; que lo que pasa es que tiene potra. Pero una potra de quitar el hipo. Le ha tocado la lotería nada menos que ochenta veces, más o menos. Vamos, la lotería, la quiniela, la bonolotto, el cuponazo y todo. Le dijo el hombre al juez que por donde quiera que iba, solía comprar billetes, boletos, lo que hubiera. Y que a ver qué culpa tiene él de ser un hombre afortunado al que le toca el gordo, no una vez, sino ochenta. Me he acordado en seguida de lo que me enseñaron de pequeño:
-Todo exceso es malo, hijo.
-¿También lo bueno?
-Lo bueno, lo peor. Mira el vino, con lo rico que es, que hasta los señores curas lo usan en la misa. Y sin embargo, en cuanto algunos se pasan…
Pues con la potra igual. Todos deseamos tener potra y que te toque el Gordo o la Primitiva con bote. Estarán conmigo en que es algo buenísimo, inmejorable, el sueño de cualquier espécimen humanoide. Pero ahora supongan que les toca una vez y luego otra, y después otra, y así hasta ochenta… Empezarán a tener serios problemas, porque no hay exceso bueno y todo el mundo empezará a sospechar que algo raro pasa.
-Vaya, vaya. Así que todos los meses le toca la lotería. ¿Y no será que compra usted boletos premiados para “lavar dinero” ilegítimamente obtenido?
-¡Por el amor de Dios, claro que no!
-¿Y a qué dice usted que se dedica?
-Al urbanismo municipal.
-Y en Marbella, ¿no?
-Correcto.
-Menuda potra.
-Justamente lo que le estaba diciendo. Que es pura potra lo que tengo, señor juez.
Lo que le ha ocurrido a ese hombre bien pudiera ser que le estuviera pasando a otros muchos. O sea que también, váyase a saber por qué prodigio, les esté tocando la lotería cada dos por tres a cuantos se relacionan con el urbanismo por esos pueblos y ciudades nuestros. Eso, desde luego, explicaría muchas cosas, como la que usted y yo siempre hemos venido sospechando: las loterías, hombre, están manipuladas. Si no, ¿cómo es que le toca siempre a unos cuantos y nunca a gente como usted o yo? A ese Roca ya le quitaron en su día los caballos, así que habrá que birlarle ahora la potra. O sea, a él y a todos esos otros que usted y yo sabemos. Y como comprenderán, ji, de lo que menos estoy hablando es de Marbella, que a mí qué. ![]()
Lavanderas
Soy tan viejo que aún recuerdo perfectamente aquella estampa medieval -¿o sólo es de hace dos o tres décadas?- de las mujeres lavando a las orillas del río, arrodilladas sobre las banquetas y frota que te frota sobre la superficie ondulada de los lavaderos. Por fortuna, en estos tiempos ya no se lava de tan esforzada manera. Ahora hay máquinas que facilitan la tarea. Vamos, salvo que se trate de lavar dinero; porque eso, al parecer, se sigue haciendo a mano y por parte, no de lavanderas, sino de testaferros o gente aún más fina. Lo deduzco, o sea, de las noticias, porque yo de esas cosas, como comprenderán, no estoy muy puesto que digamos. A mí me pasa más bien como aquel rico de pueblo que fue a comprar un piso, le pidieron una parte en dinero negro y el hombre, confuso, sacó del bolsillo un fajo de billetes y dijo:
-Pues es que yo, perdone usted, todo el dinero lo tengo de este color.
El caso, en fin, es que estaba el otro día viendo las noticias de la tele mientras comía, cuando salió lo de la Pantoja presidiaria, dijeron que los cargos contra ella era por blanqueo de dinero y mi hija Gema, que tiene nueve años y está a todo, me preguntó:
-¿Qué es blanqueo?
-¡Uf! ¡Anda, come!
Cuatro frases después, en la tele volvieron al asunto y empezaron a hablar del lavado de dinero en Marbella. Y Gema volvió a la carga:
-¿Cómo se lava el dinero?
-¡Uf!
-¿No sabes?
-No sé cómo explicártelo.
-No sabes.
-Está bien, lo intentaré. Mira, hay gente que gana dinero de mala manera, no de forma honrada. Y después, para disimular y que parezca que sí lo han ganado sin hacer nada malo, pues hacen cosas raras para que todos crean que lo han ganado honradamente… ¿Has entendido algo?
-Sí.
-¡Anda ya! Si no lo entiendo ni yo…
Pensé en ese momento en las antiguas lavanderas a la orilla del río. Las imaginé frota que te frota, no las sábanas, los calzoncillos del maromo o la demás ropa de antaño, sino cubos llenos hasta arriba de billetes. ¡Lo solicitados que estarían sus servicios, oye, en estos tiempos de dinero sucio a más no poder por todas las esquinas urbanísticas de este país!
-¿Por qué te ríes, papá?
-Cosas mías. Anda, come.
Cosecha de ediles
Dicen que la cosecha de ediles viene abundante esta temporada. Los pueblos se mueren, la población desciende, nos hacemos más viejos, pero los partidos políticos no están teniendo especiales problemas para completar sus listas por provincias como la de Zamora. Eso he oído. Incluso en algún partido alardean de que su único problema es tener demasiados candidatos en muchos lugares; más de los que caben en la lista. Qué cosas, ¿eh? Me he puesto a pensar en ello, en las posibles causas de tanto voluntario para el siempre ingrato puesto de alcalde o de concejal y, mal pensado como soy, me he empezado a preguntar:
-¿Cuántos alcaldes de pueblo estarán ya con sueldo?
El fenómeno empezó a extenderse hace unos años y se empezaron a fijar sueldo para sí mismos hasta alcaldes de pueblos sin habitantes, como quien dice. Y de pueblos sin presupuesto, salvo las migajas que a todos les caen desde esta o aquella Administración superior. Dejamos de fijarnos después en el fenómeno y no sé a estas alturas cuántos de nuestros míseros municipios tendrán la dudosa suerte de disponer de alcaldes con dedicación remunerada. Pero me da que son muchos, bastantes más de lo que el lector, mejor pensado que yo, calculará. Y de ahí, se me ocurre, que pueda darse el fenómeno, ya veremos si real, de que no falten voluntarios hasta en el último pueblo para el ingrato trabajo de tirar del carro común. Somos así y no vamos a cambiar: el olor del dinero, por poco que sea, nos vuelve increíblemente atractivas tareas que siempre tuvimos por lo peor. Me pregunto si existiría la misma disposición en caso de que una ley prohibiese de pronto recibir ni un céntimo por dedicarte a la cosa municipal, ciudades incluidas. Je. Desaparecerían todos “esos” en un santiamén.
¿Y saben qué pasaría después? Que se dedicarían a la política municipal nuestros siempre más sabios y sensatos jubilados, capaces de arreglárselas con su pensión de jubilados. Menudo chollo, ahora que andamos sobrados de jubilados con tiempo, cabeza y energía. ¡Anda, que no les iría bien a nuestros municipios, empezando por los más grandes, ese cambio en las cúpulas! Además, con alcaldes jubilados poco habría que temer respecto a corrupciones y “ladrillazos”: hasta para corromperse hay que tener determinadas edades, creo yo. Pero, en fin. No soñemos. Los alcaldes cobran cada vez más y en más sitios. Y cada vez más y en más sitios sobran los voluntarios. Yo sólo apunto que a lo mejor algo tiene que ver lo uno con lo otro. Y no digo más, que luego todo se sabe.
Sssssss……….
(Hoy es el Día sin Móviles. Ni se te ocurra llamar al mío, lo tengo apagado. Soy peatón, así que me apunto a cualquie combate contra los abusones que van a caballo y nos atropellan…)
Cadena perpetua
En España, la cadena perpetua no es perpetua. La Justicia española, que ya saben como es, llama cadena perpetua a la pena máxima, que son, si no me lío, treinta años. Olvidemos que después esos treinta se puedan quedar en la mitad o en un tercio o en menos, merced a las bondades de un sistema nada vengativo, oye, muy compasivo y siempre más atento al sufrimiento del verdugo que al de la víctima. Cosas que pasan. No vale la pena darle más vueltas.
En España, que uno sepa, no existen las hipotecas perpetuas ni hay ley alguna que amenace con ellas. Pero el caso, oye, es que, como las meigas, haberlas haylas. Una entidad financiera, de cuyo nombre no quiero acordarme, acaba de sacar el último “producto” al respecto. Lo llama hipoteca joven y tiene el bondadoso objetivo de permitir que también los jóvenes puedan, hombre, mecachis, comprarse una casita, aunque sea de las de andar de perfil porque de frente no cabes. Esa hipoteca tiene un plazo de amortización de cincuenta y dos años. El récord por el momento, aunque seguro que efímero.
La cuestión es: ¿Eso no es una condena y además desmesurada, dado el “delito” por que el que pagas? Tu firmas esa hipoteca y cumplirás durante cincuenta y dos años el castigo de entregar, mes tras mes, la mayor parte de tu sueldo a una entidad financiera. Y ahí, ojo, no hay redenciones de pena que valgan. Tendrás que pagar hasta el último céntimo, tanto de lo que te prestan, como de los siderales intereses que en tanto tiempo se vayan acumulando. ¿Cosas que pasan?
Puedes asesinar a quien quieras, a cuantos quieras, y no te caerán nunca más de treinta años, la cadena “perpetua”. Compra un pisito cutre en los extrarradios a tus veinte años cumplidos y firmarás una condena llamada hipoteca de la que no te podrás liberar hasta que cumplas 72, si es que hay suerte y los cumples. ¿Cosas que pasan? En estos momentos informan: “Los bancos Santander, BBVA, La Caixa, Caja Madrid y Banco Popular ganaron el año pasado 17.416 millones de euros; esta cifra supone un incremento del 31,5 por ciento respecto al año anterior…”. Curioso. Cuando la condena hipotecaria sobrepasa el medio siglo, los banqueros no dan abasto a ganar millones. (Tampoco los del ladrillo, corruptos e intermediarios).
Venga, chavales, pedid hipoteca cuanto antes, no vaya a ser que no llegue para el mantenimiento de tanto yate.
Ni hablar
Supongo que se han dado cuenta de que eso de desgravar, como todo lo bueno, solo está al alcance de los ricos. Desgravar, ya saben, es una forma de pagar menos impuestos que solo se consigue estando sobrado. Si usted no va muy justo, por ejemplo, podrá ahorrar para viejo en uno de esos ruinosos planes privados de pensiones o dar algo a organizaciones benéficas. Actividades ambas, entre otras muchas, que desgravan. O sea, tu das cien y “a cambio” te ahorras uno o dos ante Hacienda. En eso consiste desgravar; lo que para los pobres, como deducirán, es ruinoso. No así para los ricos. Ellos están en el secreto de la ingeniería financiera y, no me digan cómo, pero se las arreglan para ganar en un día lo que nosotros toda la vida y sin embargo no pagan a Hacienda ni la mitad que un pringado. ¿Por qué? Porque son maestros de la desgravación. O sea, los legales, que es de los que hablamos.
Pues bien, ahora resulta que también va a desgravar el “ayudar” a los partidos políticos. Tócate los flemones, Quiñones. Se prepara una nueva ley de financiación de los partidos políticos, parece que ya consensuada por los dos grandes “desgravables”, PSOE y PP, y ahí se aprueba que quienes den pasta a los partidos puedan desgravársela de la declaración de la Renta. Pero, vamos a ver, ¿alguien en este país, incluidos los militantes de los partidos políticos, cree a estas alturas que estamos ante organizaciones benéficas, que buscan el interés general desde el más limpio altruismo?¿A cuento de qué va a ser desgravable regalar dinero a lo que no son más que cerradas sociedades de auxilios mutuos, con sobrados medios internos de compensación? En segundo término, ¿acaso alguien, incluidos los militantes de los dos grandes partidos, conoce a alguien que a estas alturas esté dispuesto a hacer donaciones, regalar dinero a un partido, solo por generosidad, sin buscar nada a cambio o sin que nada le obligue? Díganme un nombre, solo uno y de estos tiempos; no de los “heroicos” o clandestinos.
A los partidos políticos solo les hacen donaciones dignas de tal nombre las grandes empresas. Y particularmente las que dependen, para sus ingresos, de decisiones políticas: energía, obras públicas, banca, telefonía, etc. No son, por tanto, alardes de generosidad que los contribuyentes debamos premiar perdonando impuestos. Y menos a quienes ganan cada año obscenas cantidades de dinero que sacan de su bolsillo y el mío. Porque esos, y no otros, son los “desgravables” de los partidos. Así que me parece fatal. Máxime cuando los beneficiarios son unos partidos derrochadores hasta el mareo. Los cuales, por cierto, tendrán aún el cuajo de salir con que medidas como ésta -que recompensa el “engrase”- impiden la corrupción. Verán.
Una idea
El consejero de Territorio y Vivienda de la autonomía valenciana, Esteban González Pons, del PP, se ha hecho muy popular en su tierra gracias a una idea antiespeculación la mar de atractiva. Propone este político que los beneficios de las recalificaciones urbanísticas se repartan entre los propietarios de las parcelas en los últimos veinticinco años. Gran idea, en verdad, que merecería ser apoyada por todos los partidos y en todas las autonomías, empezando por la nuestra. ¿Se imaginan? Ni a mi ni a nadie le parece mal que el que tenga un terreno de siempre, heredado, o comprado en su día para cultivarlo o para lo que sea, por esos azares del destino, se convierta un día en alguien afortunado, porque se recalifique su terreno para destinarlo a otros usos. Nos dará envidia, desde luego, pero no más que quien se lleva una quiniela. Lo que cabrea al país, lo que es un saqueo en toda regla, es que algunos sepan de antemano los resultados de la quiniela o la primitiva y se lo llevan crudo sin que medie azar alguno. En el urbanismo eso es lo que ocurre con los listos con contactos que saben de antemano qué tierras hay que comprar de cara a un nuevo Plan General, a su revisión, o a cualquier reforma de ese tipo. Con esos listos, con sus contactos y con todo ese mundo, es con lo que acabaría una norma de este calibre. Pues resulta evidente que ningún especulador sabe qué conviene comprar con un cuarto de siglo de antelación. Y los desbocados beneficios de las prácticas urbanísticas se repartirían con mucha mayor justicia: para el agricultor que era dueño de una parcela hasta que unos meses antes de su recalificación se la compró un “enterado” iría la mayor parte. Por ejemplo.
Destaco esa idea de un consejero de autonomía lejana porque demuestra que si los políticos quisieran, se puede cortar de cuajo la corrupción urbanística. Y se acabaría con la sospecha, no menos letal, que acompaña cualquier nuevo plan urbanístico, como el que ahora se quiere aprobar en Zamora y que, irremediablemente todo el mundo está mirando con lupa y con un enjambre de moscas detrás de ambas orejas. Si hubiese medidas como esa, podríamos estar debatiendo, con mesura y serenidad, qué tiene de bueno, qué tiene de malo, qué se puede mejorar en la última propuesta urbanística municipal. ¿Pero quién se centra en debate tan constructivo, cuando no paran de distraerte rumores sobre quiénes han estado comprando a la grande en tal o cual zona, al calor de las inminentes recalificaciones? Urge meter mano a ese mundo. Urge que los candidatos locales y regionales demuestren, con propuestas concretas y tan factibles como la mentada, que no son todos iguales. Al menos en este asunto.
La sospecha
Reuniéronse en Zamora muchos alcaldes, algún presidente de Diputación, concejales y diputados provinciales de toda Catilla y León. Vinieron a hablar de sus cosas, como integrantes de la Federación Regional de Municipios y Provincias que a la sazón pastorea en calidad de presidente el ínclito alcalde de la ciudad anfitrina. Y una de sus cosas, aunque no estuviera en el orden del día, es la mala fama que les ha caído encima a cuenta del urbanismo, la corrupción y la sinvergonzonería que todos los días alimenta la crónica judicial de los telediarios. Contra lo cual, hicieron algo así como una declaración institucional:
-Somos honrados. No es justo que se nos mire a todos como corruptos por lo que puedan haber hecho algunos. En todas partes, hay ovejas negras. Pero eso es la excepción, no la regla.
No son sus palabras, sino una traducción de lo que trasladaron a los periodistas. El presidente de la Diputación burgalesa nos aseguró que el noventa y nueve por ciento de los cargos locales han demostrado su honradez. Ignoro cómo. Supongo que quería decir que al noventa y nueve por ciento de los ediles no se les ha podido demostrar nada en contra. Pensará él y otros muchos que una cosa y la otra son lo mismo, puesto que no son los acusados quienes tienen que demostrar su inocencia. Y eso es bien cierto, en el ámbito personal y penal. En la vida pública y política, en cambio, tiene sus matices.
Lo cierto es que predicar la honradez colectiva de “casi” todos los alcaldes, no sirve para nada si quienes lo predican son los propios afectados. Todos tenemos una estupenda opinión de nosotros mismos. Por eso mismo, si de verdad quieren lavar la mala imagen, alejarse de quienes van cayendo camino de juzgados y prisiones, lo que deben hacer no es hablar sino dar pruebas palpables de que nada tienen que ver con la sospecha. ¿Por ejemplo? Marcando distancias, cada cual en su ámbito, con el urbanismo, las recalificaciones y los crecimientos desordenados de los municipios. Si un alcalde quiere, puede delegar casi todas esas competencias, pasar el marrón a otro, mostrar que no quiere saber nada de los infra-mundos urbanísticos.
Claro que a lo mejor los reunidos en Zamora creyeron hacer algo de eso al aprobar una ponencia sobre urbanismo, en la que dicen defender ciudades bonitas, habitables, sostenibles y racionales. ¿De veras? ¿Eso es lo que vemos en los anillos exteriores de todas las ciudades y buena parte de los pueblos? Cuando se dice una cosa y vemos la contraria, ¿por qué vamos a dejar de mirarlos de reojo? Obras son amores.
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