Los medios de comunicación se han empeñado en que Gallardón y Aguirre se han dado un beso. Si lo discutes, te replicarán:
-Mira la foto, tío; está en todos los periódicos.
Y si lo sigues discutiendo, te volverán a decir:
-Mira los vídeos, tronco. Si te lo perdiste en la tele, Internet está lleno de ellos; del beso de Aguirre y Gallardón.
Bueno, pues yo he visto las fotos, vi las imágenes de la tele y he visto después las grabaciones que circulan por Internet y digo que no he visto beso alguno. ¿O será que el beso no es ya lo que uno pensaba? Porque lo que se ve, tu, es que ambos, el alcalde de Madrid y la presidenta de esa Comunidad, se da la manita y se tocan las mejillas, sin acercar, ni por asomo, los labios a sus respectivos mofletes. Por lo demás, algo lógico, teniéndose el cariño que es público y notorio que se tienen.
A lo que voy, no obstante, no es a lo que pase entre esos dos, sino al empeño de mis colegas de gremio en que hubo un beso; y antes de que lo hubiera, a su empeño en que se besaran dos que se odian. ¿Por qué? Es la ley de hierro de la era de la imagen. ¿Qué imagen es la más valiosa? La que sea más inesperada, antinatural o chocante. Pero como esa imagen, por su rareza, puede surgir solo de guindas a brevas, se pide a voces, se provoca y llegado el momento se grita que sucedió… aunque no sea del todo así.
Desde que las televisiones irrumpieron en el mundo de la información, esta ha ido derivando al espectáculo y en la política sus efectos están siendo letales. Siempre se dijo que sin información no era posible la democracia. Habrá que empezar a decir que ahora, ya, en el presente, la conversión de la información en espectáculo priva al votante de información, lo convierte en espectador vulnerable y poco a poco la democracia se va transformando en esto que vemos: como ya se necesita brillantez intelectual para obtener votos, la necedad sube enteros entre quienes nos mandan y representan.
Me he fijado en la anécdota del beso que nunca existió, pero más sintomático es eso otro de que la información electoral que vemos en los telediarios no la elaboran los medios ni los periodistas, sino los aparatos de propaganda de los dos grandes partidos. Estos, en efecto, envían ya “editada” la información de los mítines. Y los medios televisivos, en vez de tirarla a la basura, la emiten encantados porque así se ahorran una pasta en periodistas y cámaras. Ante tales paisajes, ¿seguro que estamos en un sistema democrático? ¿Puede existir ante esta clamorosa ausencia de información y omnipresencia de propaganda y espectáculo? Dejo abierto el debate.
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