12
Oct
07

Las fogatas

Vivimos tiempos inseguros. Piden vigilancia desde los hospitales para que los pacientes impacientes no amenacen o arreen a sus médicos, a sus enfermeras, a los celadores que los atienden. Ya no se respetan ni las batas blancas, con lo que eso era. Cuentan y no paran desde el sector sanitario sobre el número creciente de agresiones que padecen. Piden vigilancia desde los centros educativos, donde los profesores miran con progresivo temor a los alumnos, cada vez más consentidos; y se teme a sus progenitores, o a la parentela al completo. Cuentan y no paran desde el sector educativo sobre el número creciente de agresiones, de acosos, de ninguneos que padecen. Piden vigilancia los comerciantes, porque cada vez detectan más y más amigos de lo ajeno, como esos que la otra noche volaron la trapa y la puerta de cristal de una tienda en pleno centro de mi ciudad, aunque sin llevarse género porque el estruendo inicial hizo que algún vecino alertase a tiempo a la policía. ¿Cómo no van a plantearse los de esta calle, como los de otras, vigilancia permanente, aunque tengan que pagarla de sus bolsillos? No se pueden dejar solos, sin vigilancia, ni los parques, las plazas o los bosques, pues al día siguiente aparecerán “desamueblados”. Todo el mundo, yo el primero, pide vigilancia, más guardianes, más seguridad. Diríase que si el Gobierno atendiese cuantas peticiones de vigilancia se le hacen cada día y si el país pudiese costearlo, a estas alturas la mitad de los españoles seríamos policías encargados de proteger o vigilar –escojan lo que quieran- a la otra mitad

Tiempos inseguros, pues, donde los haya. La masificación urbana, la despersonalización de los lugares públicos de convivencia, la nueva etapa de las migraciones internacionales… Eso, entre otras cosas, late al fondo, como origen de todas estas inseguridades y violencias. Cada vez hay más gente que no ve en el otro a quien trata de ayudarle o a un igual, a un pariente, a un hermano de penas y de especie; ve a un competidor o a quien tiene lo que él ansía o a un indeseable que solo sirve para fastidiarle. Recuerden, por contraste, cómo eran las cosas en la sociedad rural de la que en una generación hemos sido expulsados. En los pueblos todos nos conocíamos, todos éramos más o menos familia, no existía el forastero. Por eso era tan rara la delincuencia, la inseguridad; por eso se desconocía la violencia o el gamberrismo, en sus términos actuales. La ciudad despersonaliza, nos aísla a unos de otros, quiebra los férreos lazos tribales que teníamos antaño. Si en los pueblos nos conocíamos todos, en la ciudad nadie conoce a nadie. Y al menor roce, salta la chispa que prepara las fogatas.

Si juega usted en Bolsa a largo plazo, invierta en empresas de seguridad privada. Tal y como están las cosas, solo puede ir hacia arriba, como cohetes.


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