Las huestes autonómicas están a punto de abandonar su castillo. Últimas sesiones plenarias, últimas “curias” esta semana y no volveremos a ver tras los muros de Fuensaldaña las valerosas mesnadas del señorío de la gaviota ni los esforzados adalides del puño y la rosa. Esos muros no acogerán más torneos, más lizas, más desafíos entre unos y otros. Han decidido los caudillos de ambas mesnadas cambiar el castillo por una fortaleza más amplia, elevada junto al Pisuerga, con mejores despensas, más almacenes, puentes levadizos bien engrasados, monturas giratorias e impresionantes tapices en las paredes.
Ansiaban los ejércitos autonómicos de Castilla y León un lugar más cercano a la Corte, con cuadras bien abastecidas para cada montura, con camas con dosel para cada caballero o dama de noble y electa acta. Y lo han conseguido. La Corte ordenó hace tiempo que se construyera un gigantesco palacio acorde a los tiempos; el caballero León de la Riva, alcaide de la ciudad que acoge la Corte, ofreció los necesarios terrenos; el conde Herrera, comandante supremo de las autonómicas vegas, aportó el oro preciso, tras conseguirlo de las “parias” que reparte el Gobierno central para que los condados autonómicos no se subleven… Y ahí lo tenéis, pueblo sufrido y pagano, juglares de la prensa, tenderos orientales, carreteros de doble vía, campesinos de vino y PAC.
Del noble castillo de Fuensaldaña, tras un cuarto de siglo morando, peleando, desafiándose y abrazándose en él, se despiden esta semana las levantiscas mesnadas de los caballeros de la gaviota, las desordenadas fuerzas del puño y la rosa. Cuando tras las calendas de mayo vuelvan a reunirse para un nuevo desafío cuatrienal, irán ya a la flamante fortaleza del río que tantos y tantos millones de modernos denarios o maravedíes o meticales ha costado, hijos míos, levantar. Son tiempos prósperos, de apabullante riqueza. Hay dinero hasta para tirar. Y no pasa nada por dejar de pronto vacío, sin fin ni función, un castillo impecable.
Si no supieran ahora qué hacer con él, con ese castillo, que nos lo den a los columnistas, modernos juglares del último “mester”. Será nuestro refugio cuando nos persigan los destinatarios de nuestros siempre imprudentes dardos verbales. Ya lo dice el refrán: en el Castillo de Fuensaldaña, buenos muros te resguardan; o tras los muros de Fuensaldaña, ni un mal alcalde te daña. Es gracia que espero alcanzar de sus autonómicas excelencias. O así.
(Grupo PROMECAL)
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