Tras el tabaco y el alcohol, caerá la algarabía. Se otea en el horizonte. Siempre fuimos jaraneros, para qué vamos a engañarnos. Del vicio de fumar hicimos obras de arte, con tratados finos sobre la mejor forma de cortar un puro, hacer una pipa o la ya olvidada técnica de mascar tabaco. Todo, por culpa de Colón y su descubrimiento. Vieron los conquistadores a los indios americanos echar humo por las narices y no pararon hasta averiguar el truco. Ya ven lo que nos cuesta, quinientos años después, erradicar el hábito. Aunque es obvio que ese objetivo está logrado: concluyó la era del tabaco. A los que aún resisten, los doblegará el precio de la cajetilla, que empieza a semejarse al de las ostras o el caviar.
El siguiente paso es el del alcohol, vino incluido. Todo empezó hace tiempo, sin que nos percatáramos. Dejamos que incluyeran el alcohol en el paquete “drogas”, como una más. El resto va rodado. Primero se demonizaron las drogas hasta la náusea, sin que nadie se detuviera a explicar que han existido siempre, que se consumieron siempre y que la mayor parte tiene aplicaciones medicinales de primer orden. Ya da igual. Oímos “droga” y nos ponemos en lo peor, trátese de lo que se trate. Tras ello, empieza la persecución de esa “droga dura” que es el alcohol en todas sus variantes. Obviamente, el ataque no es frontal sino con astucia. Se empieza por lo que nadie pueda discutir: hay que proteger a los jóvenes, no vayan a convertirse en borrachines. ¿Osará alguien oponerse? ¡Oh, pobres jóvenes, que no saben lo que hacen, no como nosotros cuando teníamos sus años…! En la fase siguiente se nos dirá que todos los demás tenemos derecho a la misma protección que ellos. Y el alcohol, vino incluido, acabará siendo algo que se consumía en tiempos bárbaros.
Logrado lo cual, se estará también a punto de acabar con la algarabía, con el ruido, con la fiesta callejera, con el vivir externo que caracteriza a los pueblos comunicativos. Ya está implantado el concepto clave, que es siempre el primer paso: contaminación acústica. A partir de ahí, ¿quién se atreverá a defender la contaminación? El adiós a la fiesta está a la vuelta de la esquina. Y no es que uno no crea, todo lo contrario, en el derecho cualquiera a un buen descanso y en silencio. Pero es que me parece muy significativa la secuencia de todos estos hechos y la aparente imposibilidad de hacer convivir lo que siempre, hasta hoy, había convivido: vicios y manías, drogas y medicamentos, sana e insana algarabía, silencio y ruidos. De pronto, solo existe el lado negativo, contaminador y erradicable.
No es normal. Algo raro pasa.
Permítame, señor Llamero, dejar que hable una cita por mí: “Un optimista cree que vivimos en el mejor los tiempos. Un pesimista teme que eso sea verdad.”