Lo peor del nacionalismo es que, como todo virus, carece de fronteras. Se origina en un sitio, llámese Cataluña o provincias vascas, y si no se ataja a tiempo todo el país acaba infectado. Véase el ilustrativo caso de Andalucía, convertida por arte de birlibirloque en realidad nacional; o el de esta misma Castilla y León, donde sus procuradores, en vez de atender las mil necesidades de la gente, se divierten reformando otra vez un Estatuto que no interesa ni al que lo inventó. Con el tema andaluz, el PP está sufriendo lo suyo, porque no ha tenido más remedio que tragarse sus principios y aceptar la rimbombante realidad nacional que escribieron en el texto los adversarios con el único fin -estoy convencido- de hacérselo inaceptable. ¿Pero qué podía hacer el PP? Si se aferraba a sus principios, que en este caso son los del sentido común, podía dar por perdidas las próximas elecciones andaluces. Para los adversarios estaba chupado presentarlos como anti-andaluces, como gente que no quería para los suyos los que tenían otros. Semejante falacia se ha revelado muy eficaz. Y electoralmente letal.
Así es como se propaga el virus nacionalista. Primero consigue privilegios para su foco central y las demás zonas, por más que les repatee, intentan conseguir lo mismo para no sentir que se quedan atrás. De nada sirve que uno u otro de los dos grandes partidos intenten de vez en cuando poner pies contra pared. De inmediato, sus barones regionales, el verdadero poder de un partido en la oposición, se rebelarán para no ser acusados de no defender a los suyos como el que más. Y así, por esa lógica, el día en que los nacionalistas vascos o catalanes, siempre en vanguardia, decidan arrojarse por un precipicio, no lo dude el lector: todas las demás autonomías se tirarán sin pensarlo detrás, no vaya a ser que alguien piense que se conforman con menos. Es la lógica perversa de este estado de las autonomías que la Transición, en tiempo de turbulencias, nos regaló.
De ahí solo nos podría sacar un gran acuerdo entre los dos grandes partidos para aprobar una nueva ley electoral que cortase el mal de raíz, eliminando la decisiva sobre-representación en el Parlamento de España de quienes aseguran no ser de España. Pero es vana esperanza esperar tal acuerdo a estas alturas. Solo cabe seguir sentados, me temo. Tarde o temprano todo este galimatías hará “pluf” y quizá en esos momentos de desconcierto sea posible empezar de cero y recomponer otra vez, sobre planta sensata, la organización del país. Hasta entonces dejemos -qué otro remedio- que estos irresponsables sigan jugando a sus “monopolys” de mini-naciones y estatuteces sin fin. Caerán.
01
Dic
06
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