Me dio una temporada por “jugar” a la Bolsa. Cantidades ridículas, como comprenderán, dado mi “nivel”. Pero me resultó la mar de instructivo. Puede comprobar, no sin un asombro infinito, que aquello nada tenía ver con lo que yo creía y con lo que estudié un día sobre sociedades anónimas, acciones y el significado para el tejido empresarial de los Mercados de Valores. Nada de su sentido original tenía ya el invento, reconvertido en un templo de especulación pura y dura, en el que solo había posibilidades de “pillar” algo si estabas todo el día encima de las cotizaciones y procurando mirar, no lo que valían las empresas, sino las maniobras de los grandes “tiburones” para intentar ir a su estela. Los amigos se burlaban de mi etapa bursátil:
-¿Pero te has hecho inversor?
-De inversor, nada. La Bolsa es el más gigantesco de los casinos y yo, por tanto, me limito a “jugar” en él.
Y eso es en verdad hoy en día el “sistema financiero internacional”, ese que está reventando, por fortuna para los que no somos jugadores profesionales. La Bolsa en particular; todo el sistema financiero en general, funcionan como un casino inmenso y legalizado, en el que, eso sí, los grandes jugadores redactan el reglamento a su medida y se permiten todas las trampas habidas y por haber. Por eso, por ejemplo, es posible que pueda darse ese incomprensible –y silencioso- escándalo cotidiano de que la casi totalidad de los fondos de pensiones no paren de perder dinero, ni aunque están invertidos en “Renta Fija”. Los jugadores o bancos han hecho que también esa Renta cotice, porque era demasiado dinero para no jugar con él. Y cotizar quiere decir que las eventuales ganancias se las anotan los que juegan o administran los fondos, mientras las pérdidas son, claro está, para los tontos que no sabemos jugar ni entendemos nada de la jerga que se traen los del casino internacional.
El dinero es una convención. Un instrumento inventado para no tener que andar cambiando cosas reales o para no moverte cargado de oro, joyas u otros objetos de valor intercambiable. Por tanto, es sencillo de entender y lo saben usar hasta los tontos. Cuando, en consecuencia, nos imponen un tipo de sistema financiero que solo entienden cuatro expertos, lo lógico es desconfiar. Nos han estado robando la cartera. Y como la codicia rompe el saco, el saco se les acaba de romper. Esta crisis pueda que también suelte algún cascote sobre nuestras cabezas. Pero en general, a mi no me produce depresión, sino lo contrario. Y me opongo con fiereza, desde luego, a que, como intenta Bush y aplauden tantos, ayudemos a reconstruir esos casinos que por fortuna han empezado a reventar.







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